Hola querid@s...
Estoy muy contenta, porque echaba muchísimo de menos los proyectos de Adictos a la Escritura y por fin ya los tenemos de vuelta.
Como sabéis se trata de un grupo de escritores, amantes de la literatura y de las letras, que promueven la escritura y la lectura con proyectos en su mayoría mensuales, en los cuales los socios participan dejando volar su imaginación.
Se nota que estoy emocionada, qué bien me salió el párrafo anterior ^^, pues bien, tras unas interminables vacaciones, ¡han vuelto!
Y he aquí que os traigo mi aportación de este mes.
Este mes tocaba escribir un relato basado en una imagen o fotografía (propias o con derecho de uso), y como de costumbre, bajo los límites de dos páginas con letra fuente Times New Roman 12 puntos.
No me he pasado (un "bieeen", por la Karol^^), o eso creo... a lo que iba, que hoy me siento de buen humor y no me callo, os dejo con ese relato algo difícil de explicar o encajar en algún género en concreto; cambié de imagen varias veces, no terminaba de "salir" lo que tenía dentro, y al final, he adquirido esta imagen en fotolia.com (comprada, dispongo de la info legal) que corresponde al hermoso
Parque del Retiro en Madrid.
Aquí una sorpresa, porque sabéis que pocas veces he situado mis escritos en territorio nacional, siempre me salto al otro lado del charco acabando en EUA o me voy un poco más allá en Europa y llego a Reino Unido. Pero en esta ocasión, he decidido que tenía que ser "producto nacional". Y qué mejor manera de hacerlo que con algo lleno de humor (ácido y del bueno), sarcasmo, ¿zombies?...
Ya os había dicho que no podía encajar el relato dentro de un género en concreto, así que mejor os dejo para que lo leáis y saquéis vuestra opinión. Y espero, ya de paso, arrancaros un par de sonrisas, que nos viene bien para empezar la semana:D
A leer, soñar, disfrutar y comentar... vuestras letras alimentan mi alma.
Relato, Proyecto Adictos a la Escritura - septiembre/2011
Don José y el Apocalípsis
—La vida es un asco, tía —Lorena se giró hacia su compañera y se dejó caer de bruces.
—Sí. Una puta mierda —contestó Carmen mientras se sacaba el paquete de tabaco del bolsillo—. ¿Tienes fuego?
— ¿En serio? ¿Te vas a poner a fumar? ¿Ahora?
—Si ves tú alguna salida, es una buena hora para que la compartas.
—Joder. La vida es un asco. Toma, y dame uno a mi. —Lorena se giró sobre sí misma y le alcanzó el zip a su amiga.
—¿Quieres uno? ¿Estás segura?
—No me voy a morir de cáncer, así que...
—Bueno, al menos nos lo hemos pasado de puta madre esa noche.
—Sí —suspiró, y empezó a toser el humo que acababa de tragarse—. ¿Qué lleva esa mierda?
—Me pediste uno, yo nunca dije que fuese tabaco. No del todo. —Carmen echó una media sonrisa y se dejó caer al lado de su amiga.
—Todo iba tan bien. Y pensar que esta misma mañana lo único que me preocupaba era el comprarme bragas nuevas para esta noche. Hay que joderse...
A las ocho y media de la mañana de un aburrido lunes ocho de noviembre, uno de los tantos guardias de seguridad mal pagados y de vida sexual nada satisfactoria que trabajaba en la estación central del metro de Madrid —Legazpi, para más datos—, se le ocurrió hacer una ronda antes de su cambio de turno.
El señor, llamémosle José, armado con su porra y ocho cafés solos en las venas, decidió revisar el intercambiador y así poder rellenar una de las hojas de inspección que luego su inspector recogería —y para qué negarlo, siempre estaban en blanco—, cuando encontró una mochila bajo uno de los bancos de cemento que habían en el andén.
José, gran sabedor, pensó que quizás había llegado su momento de gloria; su mujer, María a secas, no es que fuera un dulce de persona, y entre sus tantos encantos, estaba el tirarle en cara a don José que nunca sería más que un guardia jurado de pacotilla, uno al que ni tan siquiera dejaban llevar pistola puesto que no había superado las pruebas que, según ella misma decía, hasta su hijo medio tonto podría realizar.
Y allí estaban José y sus noventa quilos de pura hermosura observando la pequeña mochila negra; a lo mejor con suerte había una bomba o algo que llamara la atención de los periodistas, pensaba mientras abría el paquete de mentos y se llevaba dos a la boca. Incluso podía ver su cara en las noticias locales: «Guardia del Metro de Madrid salva a cientos de miles de vidas en pleno corazón de la capital», José sintió un hormigueo de ilusión recorriendo sus venas mientras el título de los noticiarios sonaba dentro de su cabeza. Y ya puestos a soñar, incluso puede que apareciera en la «CNN esa» que el pijo de su cuñado siempre mentaba en las comidas de los domingos.
José se subió los pantalones, ajustando el cinturón encima del último michelín bajo su ombligo; si tenía que salir corriendo mejor estar preparados. Se agachó, suspirando aliviado al no oír crujir la costura trasera de su uniforme —María ya lo había remendado un par de veces—, y cuando al fin tenía una panorámica completa y profesional del artículo sospechoso, habló por radio:
—Aquí Gomez, necesito refuerzos en el andén derecho. Objeto sospechoso interceptado.
«Oído, Gomez. Aquí el ratoncito Perez que te va a mandar a tomar por culo cómo no dejes de dar por saco. ¡Que faltan cinco minutos para irnos, hombre!», le contestó uno de sus compañeros con el buen humor tan característico de la profesión.
—Repito: objeto sospechoso. Posible... bomba, eso es, posible ataque terrorista —José se quedó callado a la espera de respuesta, y al no oír nada, repitió—: He dicho que hay una bomba, ¿es que no me has oído?
Sí, su compañero le había oído. Alto y claro. Y las carcajadas al otro lado le dieron toda la respuesta que necesitaba el guardia jurado.
Maldiciendo y cagándose en todo lo que podía, José le recordó a su compañero que pondría en el parte la «negativa de socorro», y que también le diría a los de la tele lo que había pasado.
Tras largos cinco minutos de mirar fijamente hacia el bulto misterioso —y apagar la radio y con ella las voces de todos los compañeros que se habían unido a la burla del momento—, el gran José hizo acopio de toda su valentía, y abrió la mochila: desde la calle se podían oír las maldiciones del pobre hombre al encontrarse con varias cajitas de cartón llenas de muestras de perfume.
José se tragó su orgullo, la mala leche y la hoja de servicio sin rellenar —por el bien de sus compañeros, claro está—, y se fue a su casa.
Pero claro, don José no era un tipo corriente, sino, seguro no sería el culpable del Apocalípsis; de camino a su piso, una cuarta planta sin ascensor en Usera, barrio en el cual había vivido toda su vida, nuestro amigo José le regaló a todo el con quien se encontró una muestra del caro perfume: a la Isabel de la panadería, a don Pepe del badulaque, y hasta al chino de la esquina que le saludaba todos los días cuando le veía llegar a casa del trabajo. Y por supuesto, el plato fuerte: todas las muestras que quedaron se las entregó a su María, y la pobre mujer, al igual que todos los demás que aquella mañana fueron obsequiados por el amable José guardia del metro desde hacía ocho años, se bañó con la colonia que tan bien olía y que —sospechoso, pero a caballo regalado no se les mira los dientes— no llevaba etiqueta alguna.
Antes de que el sol se pusiera la mitad de Madrid ya estaba infectada con el virus mutante que contenían las que fueran muestras robadas del equipaje de un soldado guiri. Así resultaba más fácil y no tenían que hacer tantos papeleos, y por ello el militar había hecho las veces de camello para el gobierno norte americano transportando un virus letal. Lo que el soldado no se imaginaba era que se cruzaría en el aeropuerto con Carlos, Carlitos para los amigos, a quien le encantaba coger prestadas las mochilas que se encontraba y que, una vez vio que solo eran “muestras gratis” de perfume, lo dejaría abandonado en el metro de camino a casa, en donde su madre le estaría esperando con el desayuno y dos hostias por haber trasnochado en la calle. Carlitos murió poco después, Isabel la de la panadería resultó que era su madre.
Y allí estaban las dos amigas; hermanas del alma desde la infancia, exactamente a las tres y cuarenta y siete minutos de la madrugada, subidas al tejado del Palacio de Cristal en pleno corazón del Parque del Retiro, fumándose algo que una de ellas había dicho no se trataba de tabaco, y mirando a los zombies que ahora se arrastraban y babeaban a pocos metros debajo de ellas.
—¿Y ahora qué?
—Yo qué sé. ¿Nos enrollamos?
—¡Eres asquerosa!
—Es lo que siempre dicen en las películas americanas, y entonces alguien llega y les salva.
—Ya, ya. Pero tú no eres Nicole Kidman, ni yo la Penelope Cruz, así que piensa en otra cosa, que ni Tom Cruise ni Barden van a aparecer por aquí para salvarnos.
—Bueno, al menos me besé con el Luis. Y con el Pedro.
—Qué guarra eres tía —Lorena se echó a reír y tiró la colilla hacia abajo. Las dos se sentaron a mirar cómo la melena de una zombie se incendiaba y la muy cabrona se caía en el río. Los patos siguieron nadando tranquilamente.
—Ahora en serio: ¿qué hacemos?
—Pues nada. Esperamos a que amanezca.
—Que son zombies...
—Lo sé, «que son zombies, no vampiros». Qué más da, tía. Relájate y disfruta. Seguro se nos ocurrirá algo.
—Y si no, ¿qué?
—Confía en mi: es cómo en las películas, siempre pasa algo. Sino, no seríamos las protagonistas, ¿no?
—Pero no pienso enrollarme contigo.
—Eso lo dices ahora. Ya veremos dentro de un par de semanas.
***