Hola querid@s...
Como dice el título de la entrada, me voy... pero no os preocupeís porque es por poco tiempo, y además, por buenos motivos:D
Después de dos años sin vacaciones, tanto, que desde que mi "
casita" abrió sus puertas nunca me había tomado un descanzo vacacional, al fin lo tendré.
Pero tranquilos, que sólo será durante una semanita, síp, sólo una:D Me marcho mañana por la mañana día 08 y volveré el lunes 16.
Siete días de descanso que (aun que los necesite) no creáis que me hace mucha gracia... jajaja:D
Me sabe amargo alejarme del blog, de mis escritos y todos y cada uno de vosotr@s y de vuestros blogs que tanto quiero.
Pero sí, las necesito, así que, deseando que éstos siete días pasen lo más rápido posible, estaré de vuelta antes de lo que pensáis
Peeeero... no os dejó abandonados, jajaja:D
En las entradas anteriores hay capítulo nuevo de Herederos y también de Sweet Jane, así podéis leerlos y disfrutar de ellos.
Además, la nueva entrega de la
Saga ErotiKa está al caer, el martes que viene (ésta semana se saltará por las vacaciones), ya tendréis una nueva entrega.
Que disfrutéis la semana, pasarlo en grande, y sobre todo, que seáis más que felices:D
Y respondiendo a las peticiones de todos los que habéis leído mi gran delírio de "
Sin Destino", donde en un momento de viaje cósmico por mi mente se me ocurrió aquel corto relato (jajaja;D), os traigo ésta segunda parte. La primera
AQUI.
Al igual que lo dije entonces, no sé cuantas partes tendrá, siquiera si continuará... éso, el tiempo lo dirá:D
Pero, por si acaso, ya tenéis un desplegable del relato en el sidebar izquierdo del blog. XD
Que lo disfrutéis, y nos vemos dentro de siete días:D
Sin Destino: El Futuro (Parte II)
—¡¿Qué hiciste el qué?!
—¡Ha funcionado! Sabía que funcionaría —ignorando el histerismo de Elena, James siguió revolviendo los papeles y tecleando sin cesar en el ordenador.
—¡James! ¿Dónde cojones está Amanda! —gritó Elena, y al no obtener contestación, le propinó un puñetazo en el hombro.
—¡Éso intento averiguar! —gritó él mientras se masajeaba el brazo dolorido y volvía a clavar la mirada en la pantalla del ordenador en la que letras y números subían y se movían en color verde, lo que le recordaba a Elena la película de Matrix. Odiaba aquella peli.
—¡Estás loco! Dios, ¿dónde narices la mandaste? —Elena se dejó caer en el sillón con las manos en la cabeza. Estaba más que asustada... James no lo sabía, pero Amanda y ella no eran tan sólo las mejores amigas del mundo. Desde hacía un par de meses llevaban encontrándose a escondidas en su casa. Cuando todos ya se habían dormido, Elena se colaba por la ventana de la habitación de Amanda, y se pasaban horas hablando sin cesar. Éso al menos al principio...
—¡Lo tengo! —exclamó James, y salió corriendo hacia la pizarra blanca, empezando a escribir series de número y a hacer cálculos que Elena no entendía. Era su ayudante desde hacía tiempo, pero lo suyo se resumía a archivar lo poco que él tenía en orden entre el caos de su laboratorio, y conseguir sus excentricidades, como una pirueta de ciruela y un perrito caliente de pavo. Era más bien su secretaria, y, al ser su hermana, lo que hacía allí era cuidarlo más que otra cosa.
—¿Dónde demonios está Amanda? —Elena se acercó a su hermano,y agarrándole de los hombros, le giró hacia ella.
James mantenía la vista perdida en la pizarra, murmurando en voz baja números y cosas sin sentido, mientras sus ojos tras las gafas reflectaban los sin sentidos que había puesto sobre la loza.
Con todo el poco auto control que le quedaba, Elena agarró con suavidad los hombros de su hermano y lo giró hasta que estuvo frente a ella. Él seguía con los ojos hacia la izquierda, mirando al otro lado mientras no dejaba de murmurar.
—James, James... mírame —dijo con suavidad sosteniendo su barbilla.
Su hermano la miró, sus labios dejaron de moverse mientras sus ojos se empañaban.
—¿Dónde has enviado a Amanda? —preguntó casi en un susurro con la voz quebrada.
—No lo sé —contestó él y dejó caer la cabeza sobre el hombro de su hermana.
Mientras acariciaba la espalda de James y él decía cosas sin sentido, aún intentando encontrar una solución, Elena cerró los ojos por un instante y respiró tan hondo que llegó a marearse.
En este instante, cuando su cabeza daba vueltas y la voz de James parecía lejana, vio a Amanda; su sonrisa mientras Elena subía por la ventana, su voz a susurros mientras le pedía que hablara más bajo, su olor a aquella maldita colonia de rosas que tanta le gustaba y...
—¡Mándame con ella! —gritó de sopetón abriendo los ojos.
—Estás... estás loca. No puedo, ¡no puedo hacerlo!
—Sí que puedes. James, mírame —sujetó a su hermano antes de que se alejara—. Sé que sabes cuánto quiero a Amanda, y como la quiero —su hermano se sonrojó de los pies a la cabeza mientras alzaba un poco los hombros con discreción.
—Sé que harías cualquier cosa por ella —le interrumpió entonces—, pero, créeme, aun que pudiera enviarte donde sea que esté, no estoy seguro de poder traerla de vuelta, qué más, traeros a las dos.
Elena estuvo en silencio mientras intentaba encontrar las palabras y alejar la tristeza. Su hermano le cogió la mano mientras recordaba lo que hacía una semana había descubierto al volver al laboratorio a por unos papeles que se le habían olvidado allí; Había visto cómo Elena sostenía la mano de Amanda, cómo la miraba... aquella mirada no era algo que se le daba a una amiga, por muy amiga que fuera.
La había cagado con todo el equipo. Nunca debió de utilizar a Amanda como sujeto de pruebas, nunca debió...
—Tengo una idea —dijo de pronto James mientras se acercaba hacia la estantería, que, al igual que todo lo demás allí, era un caos al que sólo él encontraba sentido.
Rebuscando entre los ficheros de tapa negra, no oía siquiera lo que estaba diciendo Elena a sus espaldas. Tenía que encontrar aquellas fichas, estaba seguro de haberlas puesto allí.
Cuando abrió la carpeta negra y las hojas amarillas por fin estuvieron ante él, salió corriendo hacia la “Kantra”. Así había bautizado la cabina, su mejor invento, el más arriesgado y, sin lugar a dudas, el más catastrófico.
James se puso en el panel que tenía fuera del cubico de acero y titanio, y mientras tecleaba sin cesar en el pequeño teclado, Elena miró de reojo hacia el interior de que aquella caja claustrofóbica; no tenía más de metro y medio cuadrado, y casi los dos de altura. Era totalmente blanca por dentro, a excepción del pequeño asiento de cuero marrón que había al fondo, una especie de banqueta cuadrado, y sobre ésta, caían varios cables de todo los colores.
—Bien, creo que podríamos conseguir que la deceleración de las moléculas transportara el individuo, tu, en este caso, con una diferencia de espacio tiempo relativa e igual a la que llevó el individuo anterior y...
—En cristiano, por favor —le interrumpió Elena. Se abrazó a si misma mientras su estomago se comprimía.
—Bien, pues, siéntante —le indicó James. Elena cerró los ojos. No podía imaginar su vida sin Amanda a su lado...
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