(EN ENTRADA ANTERIOR CAPÍTULO DE EL DIARIO OSCURO)
Hola querid@s...
Lo primero es deciros qué Papá Noel se adelantó este año, ¿a que no adivináis que me ha traído?
SIIII;D mi ordenador nuevo, así que, ya estrenando mi nueva "máquina", jajaja (le llamo así porque, o el anterior era malo, pero malo malo, o bien este es la pera, jaja), a lo que iba, que os traigo un par de microrelatos que hice...
Espero que los disfrutéis y que comentéis que os ha parecido...
Os recuerdo además que queda poco para finaliza el concurso "No te escondas en Navidad", así como que el "Mega Concurso Navidad y Libros" sigo activo.
Muchas gracias a los que ya están participando... Aun no he envíado todos los emails con los puntos, así que si no lo habéis recibido, tranquilos, lo haré en los próximos días...
A leer, soñar, disfrutar y comentar que os ha parecido... alimentáis mi alma con vuestras palabras...
La muchacha observaba el atardecer desde la desconchada ventana de su casa de veraneo.
Le gustaba el aroma a sal y arena que llegaba con la brisa del ocaso. Cerraba los ojos y sentía su rostro embadurnarse del aroma a mar que le recordaba su niñez, que le recordaba su familia.
Suspiró holgadamente en cuanto los recuerdos de sus padres y hermano hicieron brotar las primeras lagrimas. ¡Cuanto les añoraba!
Apoyó la cabeza contra el marco de madera blanca y permaneció con los ojos cerrados, hasta que el peso sobre su regazo la hizo sobresaltarse.
Estuvo a punto de levantarse, cuando el suave ronroneo delató a su acompañante nocturno.
—Sé que me echas de menos, pequeño —suspiró acariciando aquella zona tras la oreja que al gato tanto le gustaba—. Lo sé , minino... lo sé —miró entonces a los ojos color caramelo que la observaban.
Hizo un largo recorrido por la casa con el gato siguiéndola de cerca. Cada habitación, cada rincón o mancha en las paredes le eran familiares.
Salió al porche y se sentó en el gran balancín de madera en compañía de su fiel amigo. Desde allí podía ver el brillo de la luna que ya se había adueñado del cielo. Suspiró una vez más evocando cada uno de los momentos felices que había vivido allí.
El gato volvió a llamar su atención, aun que ahora, el ronroneo le supo doloroso y sentido, como la más amarga de las despedidas. Oyó a los lejos el rugido del motor y ruedas que anunciaban la cercanía del mono volumen que conocía tan bien.
Acarició una vez más su amigo, los felinos ojos la observaron con pesar.
—Tranquilo pequeño —dijo rascando su tripa con suavidad—. Siempre estaré contigo.
El coche se detuvo lentamente. De él bajaron sus tres ocupantes cuyas miradas de tristeza no podían ocultar. Ya nada era como antes.
Hicieron el recorrido hasta detenerse delante de la gran casa, observando con cuidado como los meses se habían cebado con la fachada.
La muchacha había regresado a su ventana. Miró sus padres y hermano con cariño. Poco a poco su figura se fue difuminando, hasta que de ella solo quedaba lo que los ojos humanos podían observar. La vieja foto sobre la chimenea enmarcaba el rostro sonriente, mientras el fantasma de Elena volvía al mundo en donde desde hacía un año era su lugar.
El gato se despidió de su amiga maullando hacia el ventanal, y se dispuso a recibir quienes le harían compañía hasta que el verano volviera a terminar.
Tras él, los pasos en la nívea nieve corrompían la belleza de aquel paraje.
Llevaba todo el día vagando sin rumbo; todo se veía y era igual. Blanco sobre blanco en un paisaje en donde tan solo el cielo azul marcaba la diferencia.
Se detuvo un instante. Necesitaba descansar. Al abandonar la cueva donde se resguardaban aquella mañana, le prometió que buscaría ayuda y volvería a por ella. Lo juró, y lo cumpliría.
Se quitó el grueso guante por un instante. No sentía los dedos de su mano derecha, y aquello no era una buena señal. En cuanto las falanges oscuras estuvieron al descubierto, sintió su cuerpo estremecerse. Sabía lo que tenía que hacer si no quería que la congelación se cebase con toda su mano.
Soltó la gran mochila de excursionista que llevaba sobre su espalda. De pronto el alivio que sintió en su columna pareció mitigar el desespero que le acompañaba desde hacían dos días.
No se distrajo más, y haciéndose con el alicate que utilizaba para los anclajes de hierro que en ocasiones se atascaban en las escaladas, inspiró profundamente, abarcó los dos dedos ennegrecidos y cerró la herramienta mientras ahogaba el grito que salió enfurecido de su garganta.
No se dio cuenta de que había perdido el conocimiento hasta que se despertó con la nieve dentro de su boca congelando su paladar.
Abrió los ojos con dificultad y lo primero que vio fue el charco teñido por el color carmesí de su sangre.
Le costó levantarse. Su cuerpo estaba agotado, así como su mente. Haciendo acopio de toda su voluntad, recordó los ojos celestes de su novia, su querida Margareth. Ella seguía allí en aquel helado agujero. Su cadera dislocada no le permitía caminar y había echo suficientes incursiones en la nieve cómo para saber que la tos que tenía pronto se convertiría en un edema pulmonar.
Se levantó y puso la pesada mochila a sus espaldas. Tenía que conseguirlo. Y lo haría. Lo haría por ella.
Enfundando su herida mano una vez más en los guantes, se dispuso a caminar, mientras el color rojo de su sangre era absorbido por la crueldad de aquel infierno de hielo.
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